sábado, 1 de noviembre de 2008

PODRÍA HABER OCURRIDO

Corría, intentando no retrasarse, y mientras lo hacía, imágenes de una ciudad en ruinas, su ciudad, tal como ésta estaba ahora, y de un combate, al que se dirigían presurosos, inundaron su mente. Quizás fuese el temor a enfrentarse a un enemigo demasiado fuerte, un enemigo imposible de vencer, o quizás, y tan solo eso, fuera el antiguo poder de sus padres, dormido en casi todos los hombres del mar, los vástagos de la perdida tierra del don, de ver algo más allá, de percibir ciertas cosas que aún no han ocurrido.
Sin preguntarse a que se debía, se detuvo, y en un segundo, menos aún que ello, pudo ver que es lo que ocurriría si seguían por el camino que habían emprendido.
Pudo ver a Arseiltos, su hermano, a quién seguía en esta desquiciada aventura que, ya fuera por azar o por razones mas profundas que desconocían, se venía desarrollando mejor aún de lo que podrían haber imaginado.
Pudo verlo, dije, saliendo de la ciudad, de los restos de ella, pudo verse, junto con los lobos que los acompañaban, y sus nuevos amigos, sus letales nuevos amigos, saliendo tras él, enfrentando y venciendo con facilidad a los acompañantes del general, los traidores menores, interrumpidos en su tarea de matarlos solo por el cegador brillo de las hojas chocando.
Vio también caer al embajador de los gigantes, con su pierna izquierda amputada por completo, caído al intentar ayudar a Arseiltos. Pero éste estaba más allá de la ayuda que las espadas pudieran prestarle. Y así lo dijo “¡¡Aléjense, no se atrevan a meterse, esto es algo que resolveremos entre mi maestro y yo, si intervienen lo único que van a lograr es entorpecer mi tarea!!”.
Y Enherdil comprendió en un instante, así como le llego siempre la comprensión, como un rayo que se introduce en su mente, que lo que decía Arseiltos era cierto, que nada podían hacer para ayudarlo, que esta era su lucha.
Sus imágenes se superponen, sangre que cae, sin que pueda verse a quién pertenece, golpes cegadores, brillantes, y la más veloz y mortal de las danzas que hubieran visto en sus vidas, se desarrollo hasta el momento en que se oye un grito, una cruel risa, y observan, azorados, que Arseiltos, el invencible Arseiltos, cae, herido.
Lo que a continuación ocurre es automático. Enherdil está mucho más allá de cualquier posibilidad de razonar, de cualquier pensamiento. Llama a Cirque, le da su hoja, y dice “toma la hoja de Arseiltos también, e intenta entretenerlo y darme un par de minutos, es todo lo que podés hacer. ¡Merian!, ¡Galabul! ¡Saquenme esta armadura! ¡YA!.
Él había entendido la verdad, que la ayuda no estaba en sus hojas, pero recién en este momento, mientras la oscuridad invade cada centímetro de su cuerpo, esta bienvenida oscuridad que sella definitivamente su destino en la ciudad, su ciudad que inexorablemente va a expulsarlo, y que le permite saborear un poder que nunca antes había sentido, que nunca creyó que fuera a sentir. Entendió por fin que este es el sacrificio necesario para vencer al traidor. Su sacrificio por su hermano. No es su vida lo que entrega en este momento, pues nadie en esta ciudad puede quitársela, es su alma lo que ofrenda, lo que intercambia por la vida de sus amigos, lo que entrega por la vida de su hermano.

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