viernes, 14 de enero de 2011

La primera gran vuelta (parte I)


Fue extraño el volver a nuestra ciudad. El viaje fue muy corto y muy agitado.

La noche del tercer o cuarto día era muy fría, todavía no nos alejábamos del todo de las montañas. La búsqueda de un refugio había sido complicada. Alguno de los enanos, Enherdil y hasta Aeglos habían hecho un terrible esfuerzo para encontrar una cueva que nos alejaba de la vista de todo.

El peligro estaba cerca, aunque no sabíamos cúan cerca. Después de la destrucción de la torre y la brutal pelea de Morelastir tenáimos la certeza de que nos estaban mirando pero sin saber qué podían ver de nosotros. Habíamos podido amontonar las mochilas y las cosas sobre el fondo de la caverna, a su lado, como agrandando las figuras, el fuego quemaba agradablemente mis manos. Yo me quedé junto a las llamas mágicas que habían salido de las manos de Aeglos. Largaban poco humo y me convertí en una especie de escolta del mago que acusaba haberse ocupado mucho durante todo el día para que no nos encontraran.
Los gigantes taponaban la entrada. Enherdil, Cirque y los demás intentaban alternar una guardia imposible después de tanto andar. Ellos no lo dirán jámas pero, al igual que yo, tenían confianza en la fuerza de los gigantes, a pesar del peligro. Muchos dicen que los Hobbits somos desatentos pero considero que es muy grave confundir la confianza hacía tus compañeros y hermanos de guerra con una desatención.

Todos llegamos a conciliar un sueño preocupado y no pudimos ver lo que pasaba. Repentinamente me despertaron los gritos de los enanos y Enherdil. Estaban desesperados porque Aeglos no lograba regresar de su sueño. Cuando logré incorporarme, cuando estaba ergido, recien allí, empecé a escuchar. Chillidos profundos abarrotaban y nuetralizaban mis oidos. Fue la primera vez que vimos a la bestia cara a cara, esa bestia cuya muerte marcaría el final de nuestra aventura interminable. Medía más de 2 metros pero, entre mis problemas de altura y su rapidez de movimientos no podía definir claramente sus dimensiones. No sólo era un mounstro como algunos de los que habíamos visto en la torre. Era la idea misma de lo horrible, del mal. Todas esas historias antiguas que contaban los sabios y viejos sobre la existencia de estas cosas nunca habían podido transmitir la sensación, el terror, que teníamos en ese momento. Su rostro era indefinible, no lo podías mirar.  Sus brazos largos y sus garras enormes parecían llegar a todos lados. Entre la luz, su cuerpo y los nuestros parecía que el demonio ocupaba toda la superficie de la cueva. Eso no era tan solo un problema militar sino que también era un problema de concentración.

¡Maldita rata!. Huía y se movía sin parar. Mientras los gigantes trataban de moverse sin espacios, los enanos, Enherdil y Iong se defendían. Yo trataba de despertar al mago.

¡Maldita rata! Entre tantos enemigos no se defendía sino que podía atacarnos a todos por igual sin distraerse.

Finalmente Aeglos volvió en sí y su sorpresa ante la presencia del mounstro apagó el fuego artificial un instante. Allí escuché un rugido que pareció ser de Burst. ¡Vaya a saber qué pasó ahí!. A mi no me importó cuando noté que abría los ojos giré sin pensar para enfrentar a esa bestia. Caminé dos pasos para detenerme. Me dí cuenta que tenía que observar sus movimientos antes de atacar. Lo medí a unos 7 metros durante largos segundos y luego salté varias veces sobre su cuerpo para tratar de mover su guardia. La primera salí despedido hasta el fondo de la caverna ( casi me quemo con el fuego de Aeglos restaurado). La segunda pude llegar a tocar su cuerpo. Recien la tercera vez pude pegarle fuertemente y desestabilizarlo, aunque su brazo me dió un contragolpe importante. Ese o algún otro golpe de Iong permitió que los gigantes accedieran a la bestia y que Aeglos le descargue algún poder extraño dentro de la cueva. Una especie de bola profundamente roja impacto en el pecho del bicho lastimandole. Pensando luego de tiempo pasado digo: ¡qué poco sabíamos de ese mago!.

Eso logró sacarlo de la cueva y tener más espacio para luchar. Un par de golpes más bien acertados y una 
explosión de poder (quizás era Enherdil el culpable de eso) lo hizo chillar sin remedio, aunque no emitía sonido alguno.

Así decidió su retirada pero con palabras de una amenaza para mi hermano. Hubo un instante de congelamiento del tiempo y de la vida misma y sucedió a cielo abierto. En ese instante irrepetible el licántropo miró a los ojos de Enherdil y le dijo con la voz más profunda que jámas escuché:

-         Te estamos buscando. No podrás escapar. Ni tú ni tus amigos podrán evitarlo.

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