He aprendido a soñar despierto, puesto que hay horrores a los que prefiero no enfrentarme si no es en vilo. Así siento mis jornadas en la montaña protegida: como un sueño, una ilusión.
Cada atardecer se asemeja al vertiginoso descenso en picada de las águilas de Sulimo, el Supremo. Lo sé, lo he vivido y es lo que siento constantemente cuando esa extraña energía, que los sabios llaman torpemente “magia” fluye desde el mundo a través de mí.
Así, en estos tiempos en que mi cabeza se ha vuelto de revés, mis recuerdos y experiencias toman tintes oníricos, dignos de ser escritos en la lengua de los seres de la luz, a quienes sueño o deseo ver antes de partir.
Hace sólo algunas jornadas, mientras practicaba en el corredor del templo con mis instructores un sencillo conjuro de ataque mi mente se quebró por una punzante necesidad de soñar, de entregarme completamente a la fantasía propia del alma mientras duerme.
En ese momento preparaba mi conjuro cuando el instructor que era mi blanco se desdibujó y apareció ante mí con total claridad la imagen del maldito ser que perseguimos por casi medio mundo. Aquel aberrante demonio sostenía con las garras de su único brazo a ¡Enherdil!. Podría jurar, si me estuviera permitido hacerlo que la visión que se desarrollaba ante mis ojos era completamente real, al menos así lo fue para mí en aquel momento.
Sin vacilar un instante cargué (concentré) mi ballesta (mi conjuro) y disparé hacia el licántropo (el Sacerdote) una violenta lluvia de pivotes (espinas). No fue suficiente. El cuello de Enherdil seguía preso de las garras del demonio. Su armadura rasgaba con impotencia el brazo de su captor y el rostro del Capitán era una mueca demoníaca y violácea de odio.
Repetí el ataque con mejor resultado y cuando el maldito puso su atención en mí cargué ciegamente hacia él, dispuesto a darle a Enherdil una mínima oportunidad de escape o de ataque final. Nada importaba, sólo intentar acabar con él a cualquier precio.
Recuerdo la tensión de mis piernas en la carrera hacia la muerte, mi muerte. Recuerdo haber visto alrededor los rostros de los amigos que no están con un rictus de venganza. Recuerdo el salto vertiginoso y la seguridad de que mis hermanos de guerra me esperaban al pie de una enorme montaña blanca. Recuerdo haberme aferrado con violencia la columna que era el cuello del licántropo y recuerdo haber visto su rostro. Y ya no pude soñar más, todo se volvió brumas. Aferrado al cuello de mi instructor, queriendo asesinarlo perdí el conocimiento.
Aun hoy, luego de tres días de descanso en el templo, con la contención y la guía constante de los sacerdotes que me entrenan tengo dudas sobre mi cordura. Suno dice que tengo que desentrañar los secretos de mi poder y que sólo así podré dormir tranquilo nuevamente. Hasta Hiufat creyó necesario dedicarme algo de su tiempo para aplacar mis temores y ayudarme a ordenar mis recuerdos.
Sin embargo sólo mi fe en Sulimo, el Supremo hace que confíe en que ésta es la realidad, porque sé que nadie en su sano juicio podría creer que aun existen ciudades libres en el mundo bajo el hierro del Imperio, que Enanos y Gigantes forjan juntos su Destino y que en el sur viven hombres en alianza con seres de un poder ancestral en parte hombre y bestia. Este nuevo destino del mundo tiene demonios que se redimen y hobbits que hacen magia.
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