sábado, 8 de noviembre de 2008

La visita del pasado

La cuerda se tensó forzando el complejo sistema de poleas que tiraba de los miembros del hobbit. Era apenas un niño, un pigmeo, y una lágrima cayó dolor abajo por su mejilla. "Serás elástico, silencioso, letal" le susurró una voz al oido.

Liradoc se tocó la cara. Recorrió su cara lentamente con su mano. Ya no era un niño. Tenía el rostro deformado por mil horrores traídos del mismísimo infierno. Donde debía estar su ojo yacía una profunda negrura. Era un cuenco vacío y sin vida. Se incorporó y cuando su ojo (el bueno) se acostumbró a la oscuridad, divisó una luz a unos cuantos metros. Tanteó con sus manos a su alrededor. Roca mojada. Una cueva o una mazmorra. ¿Y dónde estaban todos? La luz resultó ser una antorcha y Liradoc la puso frente a sí. La luz no lo tranquilizaba, los demonios que estaba enfrentando trascendían la oscuridad.
Se abrió paso en la penumbra hasta lo que parecía ser una cámara. Un pequeño niño hobbit estaba acurrucado contra la piedra tallada y pulida de las paredes. Sus ojos estaban vendados y su cuerpo asemejaba poco al de un niño. Los hematomas se multiplicaban por su físico fibroso y marcado, que parecía moldeado con la piedra de un trabajo extenuante. Tenía sangre seca en las comisuras de la boca. Un haz de luz entró en la habitación y con él un hombre alto, que lo picó con una vara, indicándole que se levantara. El hobbit obedeció inmediatamente. Sus movimientos fueron precisos, inmediatos, con la seguridad que sólo el férreo disciplinamiento físico era capaz de conseguir.
- Ahora probarás si eres digno - musitó el hombre alto, cuya voz se multiplicó en toda la habitación.
El hobbit permaneció en silencio y cuando el hombre alto posó su mano sobre su hombro, él se dispuso a acompañarlo. Liradoc los siguió, ellos no parecían advertir su presencia. El hombre alto los condujo por un pasillo calado en la piedra, hasta una pequeña recámara con una puerta que la separaba de una cámara mayor.
Sin quitar la mano de su hombro, el hombre alto se aproximó al oído del niño hobbit:
- ¿Puedes decirme qué hay al otro lado de esta puerta?
El niño hobbit se detuvo un segundo para llenar sus sentidos.
- Desde aquí siento el olor rancio del sudor de los hombres, y también reconozco como huele la sangre.
- ¿Qué más? - interpeló el hombre alto.
- Son varios, por lo menos tres, caminando en círculos, puedo escuchar sus pasos y parecen impacientes.
- En efecto, hobbit. ¿Puedes decirme qué son?
- Hombres. No puedo decir más. Si pudiera ver...
- Ah, pero no puedes - intervino brevemente - para lo que te hemos estado preparando, la vista no te bastará. Cuando llegue el momento, deberás combatir en la oscuridad, porque de la oscuridad viene la maldad que prevalece. Es a la oscuridad misma a la que tendrás que derrotar.
El hobbit permaneció en silencio, escuchando con atención.
- Los hombres de esas habitación han sido corrompidos, y son nuestros prisioneros. Les hemos dicho que si consiguen darte muerte, serán libres. Ellos serán más que hombres luchando por su vida. Lucharán por su vida y su libertad. Y podran verte, pero no los verás ¿Qué harás tu, Liradoc?
Desde las sombras Liradoc se estremeció, habían llamado al niño con su nombre.
- Darles muerte - contestó el niño hobbit.
El hombre alto puso una daga en su mano y elevando su voz como un trueno, exclamó:
- ¡Serás elástico, silencioso y letal! - sin quitarle la venda, lo empujó a la gran cámara y cerró la puerta tras de él.
El hobbit sintió una estampida a su izquierda, y escuchó un filo cortar el aire. En una contorsión inexplicable eludió la estocada y en un giro hundió su hoja sobre la carne. Sin vacilar. El suelo tembló cuando el cuerpo del macizo hombre se desplomó. El joven hobbit se incorporó, inclinando su cabeza hacia adelante para recuperar el aire. Los dos hombres restantes lo rodeaban en corro ahora, lo estudiaban. Habían comprendido que arremeter sin pericia podía ser lo último que hicieran. De repente un sonido, un paso imposible. O uno de los hombres tenía cuatro piernas o se había equivocado en su estimación. El error se tradujo en un gesto de desprecio en su rostro.
- ¡Ah! ¡La contingencia hobbit! ¿Qué harás cuando el error se presente y sea demasiado tarde? - Exclamó una voz desde la cámara contigua. Los tres hombres atacaron a la vez. En un instante el hobbit adivinó su posición, pero le fue imposible preveer sus movimientos. Su cuerpo evadió al azar.
Uno. El sonido del filo chocando en la pared era claro, el primero portaba una espada.
Dos. Un estruendo seguido de un ruido de cadenas. El segundo portaba un mayal.
Tres. Un impacto en su costado, fuerte destructor. Luego la dureza de la pared, y su cuerpo luchando por no desplomarse. El tercero tenía un martillo.
Cuando pudo reaccionar la cadena del mayal estaba en movimiento, y hacia él. Con un salto anticipó el golpe y el filo de su daga probó la sangre de nuevo. Los dos restantes dieron un paso atrás.
Cuando uno de ellos daba un paso, Liradoc dirigía su cabeza privada de visión hacia el lugar exacto del movimiento. Los hombres se miraron y comprendieron la real situación en que se encontraban. No iban a ser libres, porque no iban a abandonar esa habitación... con vida. No estaban combatiendo con un niño, ni con un mediano. El pequeño cuerpo que tenían frente a ellos, magullado, era un instrumento de muerte. Un arma creada en la más retorcida imaginación, o en la más desesperada esperanza.
Los hombres se quedaron inmóviles por completo, respirando despacio. Un paso en falso y sabían que sólo podía salvarlos la suerte. O los Dioses.
Una voz desgarró el pesado silencio de la habitación:
- Si no se mueven, los voy a tener que buscar - dijo el hobbit con la fina voz de un niño y la pesada gravedad de un soldado.
Dio un paso. Dos. Tres, y comenzó a correr. Los hombres blandían sus armas con miedo, sin disciplina. "Vagabundos" pensó el hobbit y en un grácil movimiento se abalanzó sobre el que blandía el martillo, hundiendo su arma hasta la empuñadura, mordiendo la carne y el hueso. Evadiendo sus movimientos con facilidad. Sin embargo, su velocidad no le permitió evadir del todo la espada, que le atravesó el rostro con un tajo. El hombre se avalanzó sobre el hobbit y ambos rodaron, hasta que el mediano quedó bajo el yugo de un cuerpo más grande, aventajado. Forcejearon un momento, pero el hobbit liberó su mano izquierda - desarmada - y le propinó un golpe en el cuello. El sonido fue similar a una tabla rompiéndose, y el hombre se desvaneció sobre él, en un gemido de asfixia.
Y la sala quedó en completo silencio. El hobbit se quedó inmóvil bajo el cuerpo sin vida de su último oponente, esperando nuevas directivas.
- Eres digno, Liradoc - exclamó la voz desde la sala contigua - Bienvenido a nuestras filas. Tu vida apenas acaba de empezar. Ve a tu habitación y descansa ahora, guerrero.
Dos hombres entraron en la habitación, le quitaron el cuerpo de encima, lo ayudaron a incorporarse y lo acompañaron por la puerta por la que había entrado.
Liradoc se quedó allí, viéndose a sí mismo hace unos años hacer exactamente lo que él había hecho. Se quedó en la pequeña recámara y estaba allí, cuando otro hombre salió de ninguna parte, alto y tranquilo. Lo reconoció, era Aeglos, sólo que con el semblante más calmo y unos años menos.
- Superó la prueba. Los demás sujetos también.
- ¿Todos? - preguntó el hombre alto.
- No. De los seis sujetos sólo quedaron Robledal, Puelo, Isram y Campero - respondió Aeglos.
- Necesitamos más, apenas juntamos una docena.
- Hay más. En los próximos días termina la última fase de una camada de treinta hobbits más. Es nuestro proyecto más ambicioso, Arseitos. Pasaremos las montañas. Incluso puede que lleguemos...
- Estás perdiendo el juicio. O lo estamos perdiendo todos. O es lo único que nos queda...
- Resistir, amigo mío. Hasta lo último y lo mejor que podamos. El peso del futuro, hasta donde sabemos, descansa sobre los últimos hombres libres del imperio - señaló Aeglos con inquietante calma.
- Si seguimos coqueteando con la oscuridad, ésta acabará por devorarnos, Aeglos.
- O la devoraremos nosotros a ella.

Liradoc abrió el ojo, estaba tenso y no sabía por qué. No había descansado y no podía recordar lo que había soñado. Se incorporó levemente, vio el pequeño fuego y a los hombres de Vinyorë montando su guardia. Se volvió a acostar pero no volvió a conciliar el sueño.
Algo perturbó el reposo de todos, más ellos prefirieron callar. Y la noche finalmente se cerró sobre sus cabezas, como un estremecimiento.

2 comentarios:

Gastón dijo...

Que grande nos entrenó Aeiglos y Arseiltos!

Para variar muy bueno tu escrito Gaby

Lisandro dijo...

Gaby, excelente el espiritu de tus notas, lograste captar hasta el limite la esencia del sentimiendo de los hombres y hobbits de la ciudad, y la idea de q son verdaderos elementos de guerra.

Te corrijo el echo del entrenamiento, es cierto q mucho mueren durante el mismo, y q es brutal e intenso, pero para el viaje fueron seleccionados por el abuelo Bilbo. (jijiji)
Te felicito, estas encontrando la esencia de tu personaje.