Noches en la Ciudad bajo la montaña
Arseiltos miro desde la ventana las piedras de la plaza.
De cuarzo negro y blanco, cortado a pico y pulido, de perfecto encaje le reflejaron la luz roja de los fanales. La simetría en el dibujo hacia que la mirada las recorra desde el exterior hacia el centro.
Las luces rojas bailaban sobre la plaza con el poco viento que entraba en la ciudad subterránea. La ciudad bajo la montaña dormía con sueño intranquilo, con el sonido apagado de los guardias y los caminantes recorriendo las calles vacías.
La luz recorrió la plaza por el centro, y partió el complicado dibujo geométrico en dos mitades perfectas. Fue solo un instante, pero suficiente para que la roja luz despertara un dolor latente.
En los Campos de Hielo había cortado muchas piedras como esas, en varios de sus castigos.
No importa cuantas veces las laven, pensó para si. Siguen llenas de sangre.
Las mismas piedras que hice teñir con la sangre de los rebeldes, y de los que se atrevieron a rendirse.
Ojala no se hubieran rendido, ojala hubieran visto en su cara la rabia, y habrían entendido el infierno al que lo condenaron al rendirse.
Hubiera preferido morir peleando contra todos, que tener que matarlos rendidos.
A muchos los conocía desde la más tierna infancia. Debía su vida a varios de los hombres que hizo ejecutar sin piedad.
Ellos seguramente entendieron que no podían ser perdonados. Entendieron en el instante supremo que el futuro iba a ser mejor sin ellos, y que matándolos, también camino una senda que lleva a la perdición, las sombras y la locura.
Hace falta solo un culpable para que la Paz sea restablecida, le dijo una vez Lawar.
Entendió el significado horrible de esas palabras en la Plaza de Armas.
Por supuesto los Soldados Lobo, puro instinto y ferocidad, entendían la situación perfectamente. Ellos eran hombres perdidos, marcados por destinos más altos que cualquiera de sus intenciones.
Y me siguieron como lo que soy. En lo que me convertí.
El Gran Lobo.
El Alfa.
El Asesino de los amigos.
El Impiadoso.
El Culpable.
Cerró los ojos para recordar las caras de sus amigos muertos. Sus ojos color gris plata, que una vez hicieron decir a los sabios en su juventud, que era los ojos de un Gran Capitán de los Hombres, de un futuro Paladín, se apagaron bajo los parpados.
No pudieron ver que se convirtieron en los ojos de un asesino. Su brillo se apago y se transformaron en dos espejos de plata, brillantes, siniestros.
-La muerte se refleja en tu mirada. - le dijo el Gran Lobo de los Campos de Hielo el día que fue en busca de su ejercito personal.
No había otra forma, así que pelearon a muerte. El Gran Lobo fue feroz, pero ese día estaba escrito para el.
Herido y dejando escapar su vida por todas las heridas abiertas, el Gran Lobo le sonrió, tendido sobre las piedras heladas y la nieve ensangrentada.
Ahora lo entendía todo. Finalmente lo había liberado, a donde sea que estaba destinado para ir. Seguramente sus propios amigos y victimas lo esperaban.
Quizás hasta habían esperado demasiado.
Eso no le iba a pasar a el.
-Solo la muerte nos va a volver a unir, mis hermanos.
Se permitió hablar en voz alta.
Estaba solo en la habitación, pero por alguna intuición profunda, sabia que todos los muertos lo miraban.
Siempre lo miraban.
-Vamos a reunirnos pronto mis amigos.
Ellos no podían saber el destino que se le revelo esa noche. Nadie lo sabía. Solo su hoja fría y cruel.
Lentamente se arrastro la noche hasta que las luces del día comenzaron a prenderse.
Solo en ese momento se alejo de la ventana, y se tendió para tratar de dormir un poco. Era muy difícil con todas las voces y los gritos.
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