sábado, 11 de diciembre de 2010

Un nuevo entendimiento

Era noche cerrada, y el campamento se veía tranquilo. Los soldados y diplomáticos se predisponían a descansar luego del primer día de viaje.

En un borde alejado, alrededor de un pequeño fuego, un grupo que parecía extraño a todos sus observadores, seres de muy diversos tamaños y formas, se encontraba reunido en círculo, sentados sobre la tierra.


El único hombre, Enherdil, hablaba a los enanos y hobbits, aunque algunos no podían concentrarse en sus palabras, extrañados aun por el cambio sufrido por su rostro. El fuego ayudaba a realzar la diferencia con aquél que habían conocido; la paz en quien durante años se vio torturado, era algo extraño, novedoso. Por primera vez estaban viendo los rastros de aquel que cayó en los hielos; el rostro adusto, bello, tranquilo, que solo Wethrin podría reconocer, el de aquel montaraz que hacía años, décadas, eras, no existía y por la merced de los dioses volvió a ser.


Su voz sonaba tranquila, sin ningún rastro de la desesperación que la teñía habitualmente.


- Conocimos a los dioses –repitió, elevando la voz para llamar la atención de sus interlocutores- aún están entre nosotros, nos dieron sus dones y enviaron a sus siervos a sangrar a nuestro lado, a pelear nuestras batallas. Eso lo cambia todo.


-Qué es lo que cambia, Capitán?- Liradoc parecía molesto por el rumbo que estaba tomando la charla. Casi escupió la última palabra, indignado aún por la sentencia que Enherdil se había comprometido a hacer cumplir, quizás salvándole la vida.


-No entendés? Estamos viendo el cambio de las mareas del mundo: los dioses que vuelven desde el otro lado del mar, los problemas internos del imperio... -mientras enumeraba se iba tomando los dedos de la mano izquierda con el índice y pulgar de su diestra, primero el meñique, luego el anular y finalmente el mayor, que mostró fervientemente a sus interlocutores-... Y sobre todo -subió un poco la voz- sobre todo tres pueblos perdidos en el mundo que se reencuentran luego de siglos, y descubren que sus fortalezas y necesidades son extrañamente complementarias. Si esto no es Ka, pues mátenme de una vez, porque es que estoy loco-.


Los miró uno a uno, esperando un desafío, una queja, una oposición que no llegó a cristalizarse. Todos ellos tenían algunas objeciones contra sus palabras –la idea de un viento que los empujara hasta allí del chocaba bastante- pero era plausible, creíble, razonable. No era fácil contradecirlas.


- Y fuimos elegidos -al ver que Cirque se disponía a interrumpirlo elevó su mano y siguió más rápidamente- fuimos elegidos, digo, aunque nadie nos señaló. Pero Ka nos empujó a este lugar, a este tiempo, a estas batallas- al ver que volvía a concentrar la atención de los soldados se permitió respirar profundo unos segundos -fuimos elegidos para allanar el camino del nuevo mundo, para corregir los errores de nuestros pueblos.


-Que errores? –Cirque lo miró de muy mal modo.


-Ustedes, por ejemplo, eligieron mirar hacia adentro, hacia el corazón de las montañas y olvidaron todo aquello que los hermanaba con las restantes criaturas. Sólo nuestra llegada, en realidad que la de los hobbits, pudo inducirlos a volver a abrir sus puertas al mundo.

El gruñido del enano pudo ser de asentimiento, de fastidio o de ira, aunque Enherdil eligió continuar, adoptando el primero y más benévolo de los significados posibles.

-Nosotros, por el contrario, olvidamos el sentido de la guerra, olvidamos que las espadas y los guerreros que las empuñan no son valiosos en si mismos, sino por aquello que protegen, por la vida y la libertad que custodian –los ojos de Trongo se abrían, sorprendido por creer en esas palabras, que hace meses hubiera descartado por pusilánimes sin una segunda reflexión– nosotros formamos una sociedad de estatuas de carne, de golems que sólo saben guerrear. Creímos que eso era lo importante, nos aislamos de la corriente de la vida y nos quedamos al margen, enamorados de la sangre y las batallas.

Era difícil seguir, explicar lo que sentía, pero intentó continuar –recién ahora entiendo la decisión de Arseiltos frente al levantamiento en nuestra ciudad. No podemos permitirnos olvidar nuestras raíces, lo que somos más allá de nuestro entrenamiento. No podemos dejar que la sangre ahogue a la vida. Esta guerra no debe pelearse sólo por las armas; son las historias, las tradiciones las que deben vencer. Nunca debemos dejar de mirar las estrellas, de entonar nuestras canciones, de criar nuestros hijos y disfrutar con la belleza de nuestro pueblo. Si no, habremos luchado para nada.

1 comentario:

Nicolás dijo...

¡Ja,ja!. Estuvo cerca Cirque de pegarte. Che, entre paréntesis, escribe bien Enherdil II.
Es verdad solo yo pude volver a ver esa cara.
Ya nos volveremos a ver...
Wethrin