La oscuridad era escalofriante. Aun a pesar del conjuro del mago, que encendió las hogueras, poco más allá podían llegar los ojos de los defensores. Un aullido siniestro, seguido de algunos otros mas débiles, heló la sangre de los soldados. Varios dieron involuntarios pasos atrás, encogieron sus hombros o cerraron sus ojos. Aun los capitanes, parados en la primera línea, palidecieron.
Finalmente, gracias a uno de los montaraces, habían encontrado el refugio donde se encontraban. Dos paredes de piedra de algo más de dos metros de altura, que formaban un ángulo recto y protegían la retaguardia y el flanco izquierdo del grupo. Los restos derruidos de un muro bajo a la derecha y el frente totalmente libre. Escasa protección frente a criaturas sólo parcialmente corporales, pero sus corazones agradecían aún ese mínimo consuelo.
En la retaguardia, tras el fuego central, podía verse a los diplomáticos empuñando dubitativamente sus armas, acompañados por Liradoc que había sido destacado a protegerlos y tenía nuevamente sus pequeñas dagas. A su vez, Freagur y sus tres hombres estaban parados apenas adelante, listos para ir donde fuera necesario. En el centro del campamento, los tres curadores entonaban cantos entre susurros, actuando aun antes del comienzo de la batalla. Junto a ellos, el mago estaba parado, tenso, con sus puños cerrados bajo su ombligo y sus ojos que frenéticamente iban y venían de la oscuridad circundante al fuego central. Sus dos acompañantes se mantenían firmes e inexpresivos, como durante casi todo el viaje.
El frente tenia cuatro vértices, claramente mas adelantados que el resto. Farawar en la derecha, que a pesar del miedo general parecía tranquilo, Cirque y Araw en el centro y Enherdil sobre el flanco izquierdo, que algo mas adelantado que, murmuraba insultos para sí con rostro airado. Apenas tras ellos, los hombres y medianos se mantenían firmes mientras intentaban controlar su temor.
Los ruidos eran inconfundibles, estaban cargando. Tres de ellos lograron saltar los fuegos perimetrales e ingresaron al campamento. Su visión de pesadilla era prácticamente insoportable. Sus rostros pálidos, con facciones descompuestas por la podredumbre de siglos, sus harapos encendidos por el fuego, sus armas melladas y armaduras oxidadas eran monstruosas.
Cirque y Galabul, rápidos, coordinadamente, entablaron combate con el primer tumulario, mientras que Araw y sus hombres intentaban rodear al suyo. Del otro lado, Enherdil se movió como poseso, con una velocidad que pocos hombres podían imitar, y golpeó a la criatura en un flanco. La hoja enana, la única que podía utilizar en estas circunstancias, desprendió varios fragmentos de su armadura, que cayeron al piso tintineando. El impacto no pareció afectar al tumulario, que devolvió el golpe con una fuerza y celeridad insospechada para un ser de esas características. Tanto que el cazador apenas pudo contenerlo.
En ese momento perdió la cabeza y rápidamente lo apuntó con su puño izquierdo, del que nació un claro rayo de fuego que golpeó a la criatura en el centro del pecho y volvió a encender sus ropas, lo que le permitió golpearla nuevamente. Nada parecía afectarla. A pesar de los impactos, certeros, veloces, que hubieran matado a casi cualquier criatura, el no muerto volvió a erguir su cabeza y avanzar. Finalmente, casi desesperado, el Capitán extendió el brazo, con su palma extendida al frente, donde se formó una pequeña bola de luz, que alcanzó los quince centímetros de radio y avanzó, para ingresar en la criatura y estallar en llamas, haciendo llover trozos de metal oxidado y carne en evidente descomposición sobre los guerreros.
En ese momento, la cordura desapareció, así como también la posibilidad de hacer un relato razonado, cronológico, de lo ocurrido. Un ser similar a los otros, pero de casi dos metros y medio de altura, pasó sobre el tronco que se encontraba en el frente y lo apagó, dejando así el paso expedito a cuatro tumularios mas, que entablaron combate con los defensores. Mientras tanto, desde atrás se oyeron gritos de terror y furia y se perdió por fin la coherencia.
El tiempo parecía moverse con oleadas, que iban y venían, sin que pudiera distinguirse la velocidad de los sucesos. El espacio dejó de importar, la distancia era la de una espada, del brazo que la empuña. No era.
A pesar de ello, intentaré mostrar imágenes, pequeños fragmentos –deformados quizás- que puedan mostrar, explicar, la victoria del grupo.
Rayos de fuego volaban hacia la gran criatura; los enanos danzaban coordinados alrededor de su presa, desprendiendo pequeños fragmentos de armadura y carne con sus hachas; Enherdil intercambiaba golpes con uno de los recién llegados y era salvado por Bloco que rápidamente lo hería en la cintura; las dagas de Liradoc cantaban al volar libres hacía el gigantesco ser que había invadido la retaguardia y eran rechazadas con un ademán.
Un silencio. Las olas del tiempo se separan y permiten ver a un hobbit, solo, concentrado en su espada llameante mientras ve al poderoso ser que se mueve tranquilo por el frente, lanzar un conjuro que hizo volar a Araw varios metros hacia atrás. Puede verse también, como en cámara lenta, que Trongo entrecierra sus ojos, deja de mirar al frente, y murmura unas palabras que parecen despertar aún más a su hoja. Él es lanzado hacia atrás, mientras una bola de fuego se expande desde la punta de la espada dragón y vuelta hacia el frente.
A su lado, no podría decir si antes o después, Enherdil mira a su adversario con relativa calma, e imitando a sus compañeros perdidos, gira sus manos, casi amasando el aire, y comienza a formar una pequeña bola luminosa, que se agranda poco a poco, hasta tomar un tamaño mas que considerable. Continuaba agrandándose aún cuando se deshizo en el aura de la criatura, sin siquiera rozarla.
Un proyectil helado golpeó al montaraz en el pecho; mas de diez rayos de fuego sucesivos volaron hacia la criatura y sólo seis se deshicieron antes de golpear, Liradoc empuña una hoja en cada mano, da sendos golpes al gran Tumulario y evita que lastime a Freagur; la cabeza de uno de los hombres de Araw es cortada de cuajo por un espadón, Trongo vuelve a incorporarse y avanza a luchar con su hoja apenas encendida; Cirque flanquea al monstruo que ataca a Farawar; fragmentos de hielo vuelan de la armadura por los desesperados golpes que Bloco propina a su Capitán para despertarlo; una calavera de color violáceo vuela desde la mano del Tumulario mayor a través del fuego central; uno de los menores se ve encerrado en un cilindro de luz mientras pensaba atacar a uno de los curadores; el cilindro de luz estalla en llamas, que finalmente lo deshacen.
Una extraña escena transcurre paralelamente al frenesí. Enherdil, parcialmente repuesto gracias a los golpes de Bloco, que lo ayudaron a despertar, mostraba una extraña sonrisa, casi de resignación. Sabía que estaba a punto de hacer una idiotez. El brazo izquierdo era un bulto recogido y entumecido por el hielo y en ese hombro tenía una costra pútrida, mientras con su mano derecha sostenía aún la espada que le habían regalado los enanos hace ya tanto tiempo.
Elevó su vista y pudo ver estrellas en el cielo. Era un problema para sus planes. A pesar de ello, relajó sus facciones y comenzó a murmurar algo mientras cerraba sus ojos. Esto le impidió ver la veloz desaparición de las estrellas sobre su cabeza y, a los pocos segundos, los comienzos de una lluvia helada. Abrió sus ojos, que estaban desenfocados, perdidos y elevó su puño y lo mantuvo en alto durante largos segundos, lentos, para bajarlo velozmente en dirección al gran tumulario, que sufrió la caída de un relámpago sobre su cabeza.
Esto lo enfureció aún más. Estas patéticas criaturas se atrevían a seguir desafiándolo, era increíble. Por ello es que utilizó sus poderes para apagar todos los fuegos del campamento, que momentáneamente quedó en una oscuridad que heló los corazones de los soldados, impidiéndoles luchar. Sin duda era el fin.
La luz fue enceguecedora y terrible para los tumularios y envalentonó a los defensores. Era inesperada y, por ello, doblemente bienvenida. Cuando todo parecía perdido, la luz brillante, blanca, surgió en el piso, bajo la mano de Enherdil que estaba recostado y disipó las tinieblas en todos los alrededores.
En el otro extremo, Liradoc aprovechó la momentánea distracción para arrojarse sobre su enemigo y herirlo con ambas dagas, para dar dos pasos atrás y arrojárselas al rostro. A su par, Freagur seguía lastimándolo, con paciencia, y esquivando sus golpes que comenzaban a ser mas urgentes. Ese momento fue rápidamente aprovechado por el misterioso guerrero que acompañaba al mago, que dio un salto y movió rápidamente su hoja para decapitar al monstruo.
Nuevamente en el frente, podían verse decenas de rayos ígneos surgiendo de los brazos extendidos del mago que chocaban contra el cuerpo de la criatura, que con una expulsión de su energía vital logró deshacerlos, para verse sorprendido por una pequeña bola roja de energía que ingresó en su cuerpo y estalló, lastimando a todos aquellos que estaban cerca.
Esto fue el fin. La muerte de las criaturas, la pérdida de su magia, afectó severamente a varios de los heridos, que cayeron en un sueño helado del que no sería fácil despertarlos. Fue una victoria, sí, pero el precio, la sangre de los caídos, era demasiado cara.
2 comentarios:
¡Excelente relato de la batalla!
Fue un encuentro muy duro.
¡Hermoso!
Bien muchachos.
Faltó al final algo como: "...y finalmente Enherdil II se desmaya". Ja, ja.
¡Que los dioses tengan en la gloria a los caidos!.
Abrazo,
Cap. Wethrin
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